“¿Y pensaron que nos íbamos? Necesitamos los papeles”, dice en francés uno de los haitianos que se recargan contra los soportes de la techumbre de la Plaza Giordano Bruno, uno de los atractivos del lugar para que cientos, cada vez más, de sus compatriotas, se aglomeren en el suelo y las bancas del lugar. N, no es esta una nota atrasada, después de que este sábado 1 de abril se enviaron autobuses para llevarse a los haitianos de la Colo0nia Juárez, el campamento La Pequeña Haití ha crecido exponencialmente. Ya no caben.
La realidad es que el atractivo principal es que, al parecer, quien hace campamento aquí tiene más oportunidades de obtener un carnet de refugiado.
Es probable que eso haya sido detonado por el primer desmantelamiento de la Pequeña Haití, hace más de una semana, logrado a cambio de la repartición de papeles y de la aceptación a subirse a un autobús que los llevara a otra ciudad. Los autobuses siguen siendo enviados, pero apenas y merman al campamento.
El hombre que indica la necesidad de los papeles migratorios come una quesadilla que una familia mexicana, vecina del lugar, ha comenzado a repartir a las 21:30 horas del domingo, cuando la Pequeña Haití ya no es tan pequeña y se desborda hacia las calles vecinas.
Ni con los cinco miembros de la familia mexicana, sumados, se junta una palabra de francés, pero de voluntad sí que hay mucha: “Son quesadillas, muy mexicanas”, les ofrecen y uno de los haitianos, un hombre de unos 35 años, fuerte, de manos ampollosas y grandes (como la de casi todos en el lugar), comienza a vocear a sus compatriotas que se acerquen. La familia llevó una bandeja. No recorren ni la tercera parte del campamento cuando las quesadillas se han acabado.
–No somos criminales, dormir en el suelo, con familia es difícil; sólo necesitamos los papeles–, explica. El llegó hace tres días, así que más o menos sabe de lo que le puede esperar en la Comisión Nacional de Ayuda a Refugiados. Al otro extremo de la plaza, una chica un tanto más joven y su hija de unos 4 años (seguramente nacida fuera de Haití) ha estado preguntando sobre esto y aquello, “llegué hoy, no sé bien qué debo hacer, pero mañana voy a COMAR”.
–¿De qué les sirven los papeles? ¿Por qué los quieren? ¿Sí les sirven de algo? –se le pregunta al haitiano de la quesadilla.
–Sí sirven, necesitamos papeles para ir a Estados Unidos.
En efecto, como ha referido el propio Coordinador General de COMAR, Andrés Alfonso Ramírez Silva, es muy probable que sean pocos los que se quieren quedar en México, aunque el papel que solicitan está pensado para refugiarlos, integrarlos y que puedan trabajar y vivir aquí; ahora se les reparte como salvoconducto al norte. “Si sirve, ya no estaremos indocumentados”, dice el haitiano en una frase que, al español han dicho millones de mexicanos en el septentrión. Como los mexicanos, los haitianos ahorran para el viaje, trabajan duro antes de emprenderlo, llevan celular y contacto con al familia, pero la espera del papel de COMAR desgasta los recursos.
La Pequeña Haití ya no es tan pequeña y el domingo 2 de abril de 2023 termina con la Plaza Giordano Bruno, en la Colonia Juárez, desbordada, ya sin el simulacro de las camionetas del Instituto Nacional de Migración en las cercanías: no han aguantado y ya se fueron a pesar de su intención de acompañamiento 24 horas al día.
“¿Son vacaciones?”, pregunta alguien al saber de la Semana Santa mexicana, “¿abren la COMAR?”. “Mañana, sí”, responde alguien. Eso basta en un lugar donde se agolpan cientos de migrantes arrancados de las Antillas y que se han acostumbrado a vivir al día.

